Un Papa a la medida de los Castro

18.05.2015 19:08
Una mañana fresca, 1959, en un radio de onda larga, escuchamos cierta voz que gritaba: “¡Fusílenlos!”, y a la voz le seguía la descarga de un pelotón de fusilamiento.
 
La transmisión venía directa de La Habana y la voz era la de un hombre joven, de barba descuidada, vestido con un comando de guerra. Su imagen viajó por las ondas hertzianas y se nos plantó en la mente. Fue raro que en un aparato de onda larga entrara, de casualidad, una estación de onda corta.
 
La revolución cubana nos dejó sangre e ingratos recuerdos… En 1968, Cuba empezó a mostrar ganas de volver a entrometerse en nuestra Patria, como ya lo había hecho en los años de 1958 y 1959. A Fidel Castro Ruz lo cobijó el general Lázaro Cárdenas del Río. Para nadie es un secreto que Fidel ensayó su revolución, aquí. Y aquí nos fastidió todo lo que quiso.
 
Al sonido de su voz vimos y volvimos a esa época, que fue hartante. Para la prensa mexicana se desataron persecuciones. En la terminal de autobuses de Ciudad Universitaria, una madrugada, el equipo de reporteros de El Sol de México, fue atacado sin motivo, por un camión que lanzaron a toda velocidad los discípulos del “Che” Guevara. Un vigoroso empellón que nos sorprendió, hizo que quien esto escribe y otro compañero fotógrafo, saliéramos despedidos, y libráramos la embestida de la máquina loca.
 
Fue el inolvidable Lorenzo Hernández Borboa, que en paz descanse, quien nos salvó la vida. Y eso era lo cotidiano. ¿Qué les habíamos hecho? ¡Nada! Excepto publicar lo que estaba sucediendo.
 
Todo esto fue obra, o consecuencia, de las obras equivocadas de Fidel Castro. Su hermano Raúl lo sucedió en la dictadura que lleva más de 56 años, impuesta por los guerrilleros.
 
Hemos de hacer constar que la aparición de la barbarie de Fidel se manifestó en un ataque a la misión franciscana Santa Clara, ubicada en la sierra huichola, por los padres franciscanos, para rescatar de la miseria y la ignorancia, a los niños huicholes, con educación y alimentación gratuitas.
El señor Castro, de orientación marxista-leninista, no podía tolerar que a nuestros niños indígenas los educaran misioneros católicos y así, incendiaron la misión e intentaron desaparecerla.
 
La valentía del Padre Joaquín, el superior, salvó a este preciado centro de enseñanza. Luego vendrían otros misioneros y tuvimos oportunidad de entrevistar, en Aguascalientes, al padre Efrén, el más joven, y quien se hizo cargo de la institución. El padre aprendió a pilotear y conducía un pequeño avión, que era el único medio para llegar a donde funcionaba el plantel, en lo más intrincado de la Sierra Madre Occidental.
 
El padre Efrén llevaba a bordo semillas, ropa, alimentos e infinidad de donativos hechos por la gente de Aguascalientes y Zacatecas, para sostener el albergue de los huicholitos.
 
El padre nos platicó que los indios, guiados por el odio comunista, incendiaron la Misión, pero que la mano de Dios se manifestó y la conflagración no pasó a mayores.
 
¿Con qué derecho?, le preguntaríamos al entonces líder guerrillero; pero ahora, en el México actual, donde las dos corrientes contrapuestas, la neoliberal y la marxista, han sumergido a la nación en el caos y el retroceso, con la complacencia de nuestros gobernantes actuales, lo increpamos así: ¿con qué derecho cometió y sigue cometiendo villanías?
 
¿Y cómo olvidar la batalla en el Casco de Santo Tomás, sede del Politécnico Nacional? La batalla de Tlatelolco fue otro de los obsequios de los hermanos Castro. 
 
Durante su dictadura, Fidel ha traficado con todo: joyas, oro, droga, armas y animales exóticos. Lo que él perseguía era operar en nuestro territorio, amparado por la anarquía marxista.
 
Los comandantes inocularon la ideología de Kissel Mordekay y se valieron de otras variantes, como la maoísta, para insubordinar a los estudiantes y a la gente, en general.
 
En 1968, los desmanes y asesinatos fueron detenidos por un verdadero Presidente, originario de Puebla. A este personaje nadie osa mencionarlo, o lo hacen con temor y desprecio. Es Gustavo Díaz Ordaz. Él y su antecesor, Adolfo López Mateos, condujeron a nuestra Patria por buenos derroteros. 
Ahora bien, ¿a qué viene todo esto? A que Francisco se doblegó ante los Castro, porque con sus acciones y discursos, los exoneró de los miles y miles de crímenes de los que son responsables. Y de la persecución contra la Iglesia en Cuba; en México (como lo hicieron con la Misión Santa Clara); en América Central y América del Sur, o en el continente africano.
 
Los Castro fomentaron la teología de la liberación, para socavar la estabilidad social de las naciones latinoamericanas; se valieron de clérigos como Sergio Méndez Arceo y Samuel Ruiz, para fomentar la lucha guerrillera en México. (La tragedia del 2 de octubre de 1968 no es ajena a semejante activismo)
 
¡Claro que Raúl dice que volverá a rezar y que volverá a la Iglesia, porque quien es la cabeza de la jerarquía vaticana lo ensalza y lo apapacha! Francisco traiciona a la Iglesia con su entreguismo. A la Iglesia, y a su fundador, Jesucristo. ¿Con qué cara se presentaría ante el padre Joaquín, que sufrió el ataque de los indios convertidos al castrismo?
 
Su deber como cabeza de la Iglesia postconciliar no es agradar a los Castro, es defender los derechos de Dios y de su pueblo. Y eso, precisamente eso, es lo que menos hace.
 
Por eso decimos: Francisco es un papa a la medida de los Castro.